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-¿Sabe? Podría invitarme a una copa. Mirar como sorbo con la pajita, como me lamo los labios después, encantada. Podría contarme algún chiste al que ninguno de los dos haría caso. Yo me reiría, le daría la razón, coquetearía con usted, incluso dejaría que me cogiera la mano en un gesto absolutamente adorable. Me haría la tonta, le diría: Pero qué culto es usted. Qué maravilla. Cómo sabe tanto de todo. Y usted sonreiría condescendiente, se acercaría más a mí, le pediría otra copa a un camarero que ya no se sorprende de nada. Podríamos hacer todas esa pantomima, pero, sinceramente, ¿Para qué andarnos con rodeos si ambos nos morimos de ganas de follarnos a muerte en su habitación de hotel?
Javier sonrió y e hizo una breve reverencia
.
-Touché, querida. Es usted arrebatadora.

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